Miguel de Unamuno: Un existencialismo abierto

Estudió cuatro años, al final de los cuales se convierte en doctor. En su juventud, estuvo ligado al tema vasco, especialmente a lo referente a la lengua.

Unamuno usa su interés por la lengua como un hilo por el que entra en problemas de todo tipo: históricos, políticos, religiosos.

Aunque este hecho se da con mayor claridad en su juventud, no hay que olvidar que Unamuno profesionalmente fue filólogo. Desde 1891, con 27 años, fue catedrático de lengua griega en la Universidad de Salamanca. Pero curiosamente, lo que más ha marcado su influencia, no ha sido lo que ha escrito como filólogo, sino lo que ha publicado como escritor, como articulista de prensa, como ensayista, como novelista, como dramaturgo y poeta. Friedrich Nietzsche puede ser otro claro ejemplo en este sentido.

Ejerció como rector de 1900 a 1914, fecha en la que fue destituido de este alto cargo administrativo a causa de su toma de partido a favor de los aliados y en contra de los imperios centrales. En 1924, fue expulsado de la universidad e inmediatamente arrestado por orden de Primo de Rivera, cuya dictadura había denunciado con energía. Liberado de donde se encontraba preso en Fuerteventura, fue a París, y posteriormente llegó a Hendaya, donde estuvo residiendo hasta la sustitución de Primo de Rivera en 1930; regresó entonces a Salamanca triunfalmente. El alzamiento del 18 de Julio de 1936 pronto lo volvió a asumir en el desconcierto. Franco lo destituyó tras el incidente del 12 de Octubre, en que se alzó contra las crueldades de los franquistas. Murió, dos meses y medio después, en Salamanca.

Con respecto a la filosofía, le ocurrió lo mismo que en el resto de los diferentes ámbitos: no permaneció en una posición fija, sino que fue evolucionando según pasaban los años. Hay un hecho importante a tener en cuenta que se da en 1897. Es una crisis que marca significativamente la vida del escritor. La bibliografía existente sobre Unamuno ha señalado normalmente esta crisis como el paso al Unamuno conocido, el auténtico, el del quijotismo, el tragicismo y, en general, de la voluntad y la pasión.

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Si es cierto que la relación de Unamuno con la filosofía es indudable e íntima; más aún, toda su obra resulta una meditación trascendente que apunta a la constitución de una metafísica. Sin embargo, considerado el pensamiento de Unamuno desde la perspectiva del filosofar técnico (idealista o de esencias), posiblemente no halle acogida dentro de una rigurosa historia de la filosofía. Pero el filosofar técnico no es más que una forma del filosofar, tan sometida a la historia del pensamiento como cualquier otra, y claramente acotado en un sector de la cultura occidental. Desde este sector, racional, objetivo y cientificista, sólo se reconoce a Unamuno un problematismo filosófico cuya agudeza y originalidad le hace coincidente con aspectos fundamentales de la filosofía existencialista. La reacción inicial de la filosofía existencialista ha sido la de torsionar el cuello del hombre, que estaba vuelto hacia su espalda, obligándole a mirar de frente o haciéndole ver y vivir de nuevo su cualidad de existente; es decir, reconociéndole con su intimidad y desvalorizando todo sistema de certeza cognoscente y seguridad objetiva a beneficio de la cura o cuidado que acompaña, como la sombra al cuerpo, al hecho mismo de estar en el mundo. Simultáneamente, el hombre ha dejado de ser una conciencia espectadora y presentacional frente al mundo para convertirse en una conciencia actora, dramatizada, agonizante como diría Unamuno. Tal actitud equivale, en el fondo, a una actitud religiosa.

En su obra maestra, Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1915), el filósofo vasco constata que cada uno de nosotros pone toda su energía en la subsistencia. Este deseo de supervivencia exige, por lo demás, la eternidad completa. El hombre concreto, el hombre de carne y hueso quiere a la vez salvar su yo y abarcar la totalidad de los seres del Universo. Desgraciadamente, este ser de vida perpetua y de vida cada vez más plena choca con el obstáculo dirimente de la muerte. Para intentar escapar a la muerte, los hombres utilizan numerosos recursos, tan falaces unos como otros. El sentimiento trágico de la vida cosiste precisamente en asumir de forma plena esta tensión profunda de nuestro ser hacia una vida eterna, sabiendo, desafortunadamente, que es probable que no tenga salida. En lugar de evadirse en un intelectualismo anónimo o en un optimismo vano, la filosofía tiene como misión expresar sin cesar esa martirizadora experiencia de angustia.

Nuestra hambre de inmortalidad personal se sacia en la religión cristiana, que reposa en esa creencia, y le da a nuestra vida un sentimiento trascendente.

Pero la teología católica más oficial comete el error de afanarse por justificar racionalmente el dogma de la supervivencia; intenta apuntalar la fe, precisamente mediante argumentos que emanan de su adversaria, la lógica. Unamuno reprocha, pues, al Magisterio cristiano, su excesiva tendencia al racionalismo.

Ante esta doble impotencia de la razón y del dogma, Unamuno plantea sin ningún compromiso la alternativa que se impone ineluctablemente ante nuestros espiritus, o mejor ante nuestros inquietos corazones: Tenemos que elegir entre la razón y la vida, es decir, la fe generosa y sin cálculo. Hay que aceptar la distinción trágica, la agonía de la fe inviscerada y ardiente que lucha para arrancarle a su Dios la promesa segura de la resurrección total y de la apocatástasis. Hay que merecer a Dios, colmándole con nuestras solicitudes e incluso con nuestras inoportunidades que nunca son saciadas.

El entusiasmo sin límite debe sustituir a la razón discursiva y seca, a semejanza del caballero errante, en defensa de la viuda y del huérfano, la imaginación ferviente del creyente será susceptible de transformar el mundo, gracias a una sabiduría inefable, que no tendrá nada de pedante ni conformista.

Llena de heroísmo, esta ascensión hacia el Dios encarnado es un “quijotismo espiritual”, impulsado por el deseo de aventura y la necesidad de justicia, informado por la esperanza contra cualquier decepción.

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